En las finales europeas suele imponerse la memoria del favorito. La Juventus de 1997 llegaba con ese peso: era el campeón vigente, tenía nombres como Zinedine Zidane, Didier Deschamps y Alessandro Del Piero, y buscaba repetir la corona. Borussia Dortmund apareció en el Olympiastadion de Múnich con otra etiqueta: la de un club ambicioso, pero todavía en busca de su primera Copa de Europa. El resultado fue una de esas noches en las que el guion cambia de manos.
El 28 de mayo de 1997, Dortmund venció 3-1 a la Juventus. Karl-Heinz Riedle marcó dos veces en la primera parte; Del Piero recortó la distancia en el segundo tiempo; y Lars Ricken, recién ingresado, cerró la final con un toque que quedó pegado a la historia de la Champions League. La UEFA registró la secuencia y una cifra que explica la sorpresa: un nuevo nombre quedó grabado en el trofeo.
La revancha que nadie podía ignorar
La final tenía un antecedente incómodo. Cuatro años antes, Juventus y Dortmund se habían encontrado en la final de la Copa UEFA 1993, y el club italiano ganó aquella eliminatoria por un contundente 6-1 en el marcador global. La repetición no era exacta, porque se jugaba otra competición y en un solo partido, pero la herida sí formaba parte de la conversación.
La propia crónica de UEFA subraya esa revancha. También recuerda que varios antiguos jugadores de Juventus, entre ellos Jürgen Kohler, Paulo Sousa y Andreas Möller, habían cambiado de camiseta y ahora defendían al Dortmund. El detalle no convierte el partido en una venganza personal, pero sí añade una capa narrativa: algunos futbolistas conocían desde dentro el nivel del rival y la sensación de haber perdido contra él.
Un camino construido con paciencia
Dortmund no llegó a la final por una sola noche de inspiración. En la fase de grupos ganó cuatro de sus seis partidos ante Atlético de Madrid, Widzew Łódź y Steaua de Bucarest. Terminó segundo por diferencia de goles detrás del Atlético, un dato que muestra que la ruta no fue una marcha perfecta. El equipo de Ottmar Hitzfeld tuvo que aprender a competir incluso cuando no terminaba primero.
En cuartos de final eliminó al Auxerre por 4-1 en el global. La semifinal contra Manchester United fue más tensa: Dortmund había ganado 1-0 la ida y sostuvo esa ventaja bajo presión en Old Trafford. Esa eliminatoria es importante para entender la final. El equipo alemán ya había probado que podía resistir un estadio hostil y defender una ventaja mínima sin desordenarse.
El favorito estaba del otro lado
Mientras Dortmund avanzaba con discreción, Juventus eliminaba a Rosenborg y después superaba al Ajax por 6-2 en el global de semifinales. El club italiano tenía la experiencia reciente de un campeón y una plantilla que no necesitaba presentación. En ese contexto, la sorpresa no consistía en pensar que Dortmund no tenía posibilidades, sino en reconocer que muy pocos esperaban una final tan inclinada desde el primer tiempo.
El doblete de Riedle cambió el tono
El marcador oficial de la DFB coloca el 1-0 de Riedle en el minuto 29 y el 2-0 en el 34. Dos goles en cinco minutos transformaron una final equilibrada en una persecución. El delantero alemán no necesitó una secuencia interminable de ocasiones: aprovechó el momento y obligó a Juventus a jugar con una urgencia que no había elegido al comienzo.
El doblete también modificó la conducta de Dortmund. Con ventaja, el equipo podía proteger espacios y esperar la reacción italiana. Eso no significa que la final estuviera resuelta; una remontada siempre puede empezar con una sola acción. Significa que el campeón encontró una relación inteligente con el marcador. No convirtió cada minuto en una carrera, y esa calma tuvo valor cuando la Juventus aumentó la presión.
Del Piero recorta, Ricken responde
Alessandro Del Piero entró en la segunda parte y marcó el 2-1 en el minuto 64. La final volvió a tener tensión. Juventus podía imaginar el empate y Dortmund tuvo que decidir si retrasarse o intentar recuperar la iniciativa. Hitzfeld movió el banquillo: Heiko Herrlich sustituyó a Riedle y, en el minuto 70, Lars Ricken entró por Stéphane Chapuisat.
Ricken necesitó muy poco tiempo. La ficha de la DFB registra su gol en el minuto 71, apenas un instante después de pisar el campo. Recibió la pelota con espacio, vio adelantado al guardameta y definió con un toque que puso el 3-1. No fue solo el gol de un suplente: fue el tipo de intervención que cambia la lectura de una final completa.
La escena tiene una ironía deliciosa. En una noche de estrellas internacionales, el desenlace lo firmó un jugador que acababa de entrar. Ricken no tuvo tiempo de adaptarse al ritmo ni de buscar protagonismo; el partido le entregó una ocasión inmediata. A veces el futbol parece premiar la preparación. Otras veces premia estar listo durante el minuto exacto en que la historia abre una puerta.
Juventus y la maldición del campeón
UEFA señaló que Juventus se convirtió en otro campeón vigente que caía en la final. El dato permite ubicar aquella derrota dentro de una tendencia de la época: ganar la competición no garantizaba repetir el éxito al año siguiente. La Juventus tenía calidad suficiente para competir, pero Dortmund consiguió que su experiencia se volviera presión en lugar de ventaja.
El partido no fue una negación de la grandeza italiana. Juventus siguió siendo un equipo extraordinario y Del Piero dejó su marca. La sorpresa consistió en que Dortmund manejó mejor los momentos decisivos. En una final, la reputación pesa hasta que llega el primer gol. Después, cada equipo debe demostrar quién puede pensar con claridad cuando el contexto deja de favorecerlo.
Una Champions que abrió una nueva conversación
En Quiniela Posible hemos repasado otras noches en las que un club cambió su historia, como el Porto de 2004, y finales decididas por resistencia, como la Champions del Chelsea en 2012. Dortmund 1997 pertenece a esa misma galería, aunque con un matiz: ganó al campeón vigente en una final que parecía diseñada para confirmar la jerarquía existente.
El trofeo también convirtió a Hitzfeld, Riedle, Ricken y Matthias Sammer en parte de una generación irrepetible. No porque aquel equipo fuera invulnerable, sino porque encontró la mezcla correcta de experiencia, intensidad y atrevimiento. La UEFA lo resume como el primer gran título europeo del Dortmund; la memoria popular lo recuerda como la noche en que un club que todavía pedía permiso para entrar en la élite terminó ocupando el centro del escenario.
Lo que queda después de la sorpresa
Las finales se explican con resultados, pero se recuerdan con relaciones. Dortmund 3-1 Juventus es doblete y gol de un suplente; es revancha después de 1993 y es un favorito que no pudo convertir su experiencia en control. También es una lección de torneo: la final se gana en noventa minutos, pero se prepara con los partidos en los que un equipo aprende a resistir.
Por eso la historia sigue siendo interesante casi tres décadas después. No habla de una casualidad aislada, sino de un grupo que construyó confianza sin tener la etiqueta principal. Cuando el árbitro Sándor Puhl terminó el partido en Múnich, Dortmund no solo había levantado su primera Champions League. Había demostrado que la sorpresa dura mucho más cuando está respaldada por una ruta completa, dos goles tempranos y un joven suplente capaz de escribir el último renglón.
Cofundador y analista de fútbol